Septiembre 23, 2019

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¿Eres de izquierdas o de derechas?

Por Rafael Oliva 

Liberados ya del estigma del bipartidismo, los españolitos de a pie se plantan ante una caterva de energúmenos que enarbolan coloridas banderas.  A los acostumbrados y caducos tonos rojos y azules se suman ahora tintes anaranjados, reflejos morados e incluso anacrónicos verdes fosforitos.  Es cómodo y fácil identificarse con alguno de los abanderados (una hueste de presuntos JASPs), pero lejos de compartir sus discursos y hacer por comprender sus entelequias ideológicas, resulta mucho más sencillo dejarse llevar por el sentimiento y la engañifa de la televisión

Pero basta hacerse algunas preguntas para situarse (que no etiquetarse) en ciertas coordenadas del espectro ideo-político.  Para empezar, es muy importante no dejarse ablandar por apariencias perrofláuticas envueltas en pañuelos paquistaníes ni fanfarrias rojigualdas, que solo nos conducirán a la confusión.  Por ello, saltemos de pleno a las cuestiones que nos batirán la conciencia hasta dejarla a punto de nieve…

En lo referente a la educación, es fundamental plantearse si la consideramos como un negocio o como una necesidad.  ¿Es lícito que haya personas que se enriquezcan con la enseñanza de nuestros hijos? ¿Todos se merecen una educación gratuita y de calidad, aunque algunos no estén dispuestos a aprovecharla?  ¿La educación para el libre pensamiento es un derecho fundamental para todos o un privilegio al alcance de unos pocos?

El tema de la salud seguro que crea ampollas y abre heridas (nunca mejor dicho).  Ya sabemos que el mantenimiento de un sistema sanitario es algo tremebundamente costoso, así que, ¿tiene derecho a operarse solo quien lo pague?  ¿Debemos dejar nuestra salud (y nuestras vidas) en manos de empresas privadas que buscan maximizar beneficios?  ¿Es justo que los jóvenes sostengan con su esfuerzo el sistema sanitario del que disfrutan los mayores?

Algo análogo ocurre con los impuestos que cimientan la base de nuestro modelo de vida.  ¿Deben pagar por el mantenimiento de las autopistas aquellos que no circulan por ellas?  ¿Es justo que aporte más quien más tenga, aun a riesgo de que se marche a otro país con políticas fiscales más laxas?  ¿Por qué las pymes están (de facto) contribuyendo más al sistema que las grandes industrias?

Y para no aburrir al respetable, concluimos con una miscelánea batería de interrogantes de diversa índole: ¿Estamos realmente obligados a sostener a quienes no quieren (o no saben, o no pueden) contribuir a crear una sociedad más próspera? ¿Es lícito regalar fortunas a los bancos para sostener sus usuras? ¿Necesitamos realmente disponer de cazas, blindados y submarinos de última generación? ¿Hasta qué punto podremos aguantar la tragedia diaria del Mediterráneo? 

Huyamos de las caras bonitas (Sánchez, Arrimadas...), de las frases hechas (mételos en tu casa, café para todos...) y del verbo suave neolingüístico (violencia intrafamiliar, tropas de paz...).  Hagamos uso de la razón y el pensamiento crítico.  Sí, ese por el que están haciendo tantos esfuerzos para arrebatarnos.  Olvidémonos del “Fulano ha dicho que…”, del “Mengano habla muy bien…” o del “me gusta como viste Zutano”.  Intenta responder a las anteriores preguntas para tus adentros y dirime a quién beneficia tu respuesta.  Solo así te zafarás de las férreas cadenas del marketing.

La verdad nos hará libres.

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