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Una educación como Dios manda

By Por Rafael Oliva Junio 21, 2019 266

Por Rafael Oliva

De todos es sabido que en la actual sociedad post-crisis, donde los ricos son cada vez más ricos y los pobres son cada vez más pobres, el único ascensor social que se demuestra eficaz para ver un poco de luz al final del túnel es la educación. 

Solamente pertrechados con la armadura del pensamiento crítico y enarbolando la lanza de los másteres, seremos capaces de emprender la cruzada de la tan ansiada autosuficiencia económica.  La educación es, por tanto, la última trinchera que nos queda para defendernos como gato panza arriba de los envites de unas (de facto) élites económicas que solo buscan en el pueblo su fuerza de trabajo.

En España salimos de la enseñanza dogmática del florido pénsil y la Enciclopedia Álvarez, donde a golpe de regla y sangre se nos pedía memorizar interminables catecismos, para encontrarnos de sopetón con una escuela pública revestida de semi-libertarios aires socialdemócratas aunque pagada, eso sí, con deuda soberana.  De pronto todos (o casi) podían estudiar, y esa revolución educativa desembocó en la generación JASP, los jóvenes aunque sobradamente preparados infantes que llenaron las aulas de los tardíos ochenta e incipientes noventa.  Fue una victoria de las clases populares; de pronto los hijos de los que quisieron pero no pudieron, ahora podían aunque no quisieran.

La generación mejor preparada de la historia reciente de nuestra piel de toro asaltó el mundo adulto en los umbrales del siglo veintiuno, solo para toparse de bruces con su peor enemigo: la generación TAPÓN.  Señores (sí, mayoritariamente hombres) puestos a dedo que se aferraban a sus cargos clavando las uñas en sus sillones como si les fuera la vida en ello.  Y de hecho les iba.  La generación JASP no pudo ocupar los cuadros que les correspondían porque estaban infectados por la generación TAPÓN, y eso lastró a todo un país, relegando a los recién llegados al eterno precariado, encadenando contratos de prácticas, trabajos temporales y coberturas de bajas.  Tanto en la empresa privada como en lo público, ningún sector se libró de esa batalla.

A pesar de que la burbuja del ladrillo colmaba algunos bolsillos con los recién estrenados y dicromáticos euros, se produjo una “desbandá” entre los JASP.  Muchos decidieron buscar mejor fortuna en sociedades con más oportunidades en la Europa septentrional, en las grandes capitales o en tediosas y opacas oposiciones.  Otros se abandonaron en frustrantes trabajos que a todas luces se les quedaban pequeños, mientras que un pequeño grupo decidió perseguir el sueño americano y se lanzaron a la aventura de emprender su propio negocio.  La mayoría fracasaron y con ellos la esperanza de la revolución sociocultural que este país necesitaba.  El hambre insaciable del gran capital y el miedo enfermizo de la generación TAPÓN les vencieron.

Curiosamente, los líderes del presente son más JASP que otra cosa, desde Casado hasta Iglesias, pasando por Sánchez y Rivera.  Ya con el siglo veintiuno bien entrado, pusimos nuestras miras en los millennials, esos que aún pudieron disfrutar de una educación de calidad (aunque menguante) y que encima venían aderezados con la pimienta de las nuevas tecnologías y la nuez moscada de la flexibilidad.   Los que se salvaron de ser ninis todavía guerrean por alcanzar lo que se le negó a los JASP.  Y la amenaza de que pudieran desencadenar un despertar masivo hizo reaccionar a los poderes fácticos… eso de la educación para todos se tenía que acabar pues amenazaba con desmontar todo el tinglado.

Visto así se comprende mejor lo que le está ocurriendo a la enseñanza pública en España en general, y en nuestro entorno en particular.  Cierre de líneas en Cádiz, subidas de tasas para los de 0 a 3 años, aulas que son saunas, subidas de ratios que perjudican la calidad de la enseñanza, falta de medios, falta de espacio, falta de todo.  Y desde el Gobierno Autonómico nos siguen llegando más cantos de sirenas, tras la “libre elección de centro” se esconde potenciar la enseñanza privada y concertada en detrimento de la pública, para que cada vez sea más caro y difícil estudiar.  Nos encontramos con partidos que en el Palacio de San Telmo votan en contra de la gratuidad de las matrículas universitarias, o que se oponen a una ley de Bioclimatización que solo busca que podamos estudiar en condiciones dignas.

Ya asistimos al cierre de centros en días de calor, a abandono de carreras universitarias por falta de medios económicos, a centros donde el 80% del profesorado es eventual o interino.  Dentro de poco solo podrán estudiar los hijos de los ricos, pues los poderes económicos han acabado con el fallido despertar de dos generaciones.  No quieren que aprendas, no quieren que pienses por ti mismo, tú solo aprende lo justo para hacer tu trabajo sin quejarte mucho.  Así, cuando te des cuenta de que tus condiciones laborales son tercermundistas, siempre podrás echarles la culpa a los inmigrantes, a la falsa crisis, o a que “todos son iguales”, sin darte cuenta de que al cortarte la educación te han robado tu presente, se han quedado con los frutos de tu trabajo y te han adormecido con el láudano de la televisión.  

 

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Modificado por última vez en Viernes, 21 Junio 2019 09:58
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